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Everness

 
Sólo una cosa no hay. Es el olvido.
Dios, que salva el metal, salva la escoria
y cifra en Su profética memoria
las lunas que serán y las que han sido.
Ya todo está. Los miles de reflejos
que entre dos crepúsculos del día
tu rostro fue dejando en los espejos
y los que irá dejando todavía.
Y todo es una parte del diverso
cristal de esa memoria, el universo;
no tienen fin sus arduos corredores
y las puertas se cierran a tu paso;
sólo del otro lado del ocaso
verás los Arquetipos y Esplendores. 
 
Jorge Luis Borges, Nueva antología personal. Club Bruguera,1980
Foto: Paraules en un satèl·lit, obra de la pintora Pons Tello
 
 

Es así que he vivido...

 
  Es así que he vivido de día en día y de problema en problema repetido sin parar, sin ninguna intención de elaborar una obra acabada, un libro, un sistema o un método. La única "constante", mi único instinto permanente fue, sin duda, representarme cada vez más claramente mi "funcionamiento mental", y conservar, o retomar tan frecuentemente como me fuera posible, mi libertad contra las ilusiones y los "parásitos" que el uso inevitable del lenguaje nos impone.
 
La lógica no es precisamente una de las trampas más pequeñas que encontramos sobre las vías del verbo. Una de las pocas ventajas que puede proporcionar la práctica de una poesía sometida a rígidas condiciones formales, y que por tanto exige un trabajo de sustitución de expresiones (si no de ideas) en ocasiones farragoso, es el acostumbrarnos a luchar o a componer con el Logos y sus recursos reflejos...
 
Como ya dije en otro lugar: el poeta tiene que ser el último en contentarse con las palabras.
 
Paul Valéry, Monsieur Teste (Editorial Laertes, 1980).
 
 

El éxtasis de una broma

 
  Recuerdo un día de mi juventud: estaba con un amigo en su coche; delante nuestro, la gente cruzaba la calle. Reconocí a una persona que no me gustaba y se la señalé a mi amigo: "¡Aplástalo!". Naturalmente, era una broma, pero mi amigo se encontraba en un estado de extraordinaria euforia y aceleró. El hombre se asustó, resbaló y cayó al suelo. Mi amigo detuvo el coche en el último momento. El hombre no estaba herido; no obstante la gente se arremolinó a nuestro alrededor y querían (los comprendo) lincharnos. Ahora bien, mi amigo no tenía corazón de asesino. Mis palabras lo habían empujado a un breve éxtasis (por otra parte, uno de los más extraños: el éxtasis de una broma).
 
Milan Kundera, Los testamentos traicionados, Ediciones Destino, 1993. 
 
 

Experiencias con el tiempo...

 
 Busto del emperador Adriano
 
 Experiencias con el tiempo: dieciocho días, dieciocho meses, dieciocho años, dieciocho siglos. Supervivencia inmóvil de las estatuas que, como la cabeza del Antínous Mondragón, en el Louvre, viven aún en el interior de este tiempo muerto. El mismo problema planteado en términos de generaciones humanas: dos docenas de pares de manos descarnadas, unos veinticinco ancianos bastarían para establecer un contacto ininterrumpido entre Adriano y nosotros.
 
 
Marguerite Yourcenar, Cuaderno de notas de las Memorias de Adriano, Edicions Proa, 1994.
 
 

Sorprendido por algún ruido...

 
 
 
Sorprendido por algún ruido volví a ponerme el pantalón y me dirigí a Los Espejos: allí volví a encontrar la luz.
En medio de un enjambre de muchachas, Madame Edwarda, desnuda, sacaba la lengua. Para mi gusto era encantadora. La escogí; se sentó a mi lado.
Apenas tuve tiempo de contestar al coime; tomé a Edwarda que se abandonó en mis brazos; nuestras bocas se juntaron en un beso enfermizo. La sala estaba repleta de hombres y mujeres; tal era el desierto en que se proseguía el juego.
Durante un instante su mano se deslizó; me rompí súbitamente como un vidrio; temblaba en mis calzones; sentía a Madame Edwarda, cuyas nalgas retenía en mis manos; ella también se desgarraba; en sus grandes ojos extraviados estaba el terror y en su garganta un largo gemido de estrangulada
 
 
Georges Bataille,  Madame Edwarda (Los brazos de Lucas, Premià Editora S.A. México 1979).
 
 

El valor de las palabras que no se dicen

 
Te imagino entre acantilados y bloques de piedra, entre colosales dados marinos que un dios extravía en una noche de azar. Ya lo dijo el clásico, lo sabemos bien y no hay más excusa: el destino está en las manos de un niño que juega. Pero ese niño nos abandonó hace tiempo, desapareció en un pasillo de la casa natal o naufragó en las arenas movedizas del mundo.
 
Te veo en tus primeros años, en la playa, recogiendo cristales devueltos por el mar, fragmentos de esa verdad que se rompió en mil pedazos. Tu manos diminutas, mojadas por la sal de las estatuas que miran atrás, aprietan con fuerza esos vidrios verdosos que ya no cortan, que ya no son puñales en la refriega de un bar, ni estilete en las venas del suicida, sino lágrimas de esquinas redondeadas por la erosión de esa gran bañera revuelta que tienes ante ti, inestable líquido amniótico que representa la anterior felicidad. 
 
Pero saber, no significa comprender. Tu mirada interrogante, tus preguntas sin respuesta, acarician el viento frío del norte, la poderosa lluvia que riega siempre a los humanos en tu tierra. Hay jardín eterno y puede que hasta edén. Y amor agrícola en las espaldas de los amantes que llevan impresas las cicatrices perpetradas con la azada de las uñas. Cabellos mojados por la eterna precipitación de los cuerpos, por el sudor del galope y los equilibrios tórridos. Y también hay silencios, y monosílabos que no se dicen, o que se dicen demasiado y entonces es como si la boca callara para siempre. 
 
De repente, la luz se apaga con la tormenta. Será solo un momento, sí, pero ese momento puede valer por toda la vida de un mortal. Un instante en el que tu me coges de la mano para que no me pierda. Conozco tu casa a oscuras, tu laberinto, tu escondite secreto donde hay que encontrar el hilo que me desvele los misterios de tu existencia. No entiendo nada, pero todo me es familiar. Es como si hubiera estado aquí antes. Como si tus labios sellados fueran las exactas palabras que esperase oír.
 
Me impresiona tu discurso de ausencias, tu música sorda, todo aquello que no expresas, vestida como vas con esos límites intangibles. Intuyo que sonríes al ver que tropiezo con uno de tus muebles, que se me antojan como el descubrimiento de un jeroglífico doméstico. Incluso el vaso que me ofreces me parece una copa antigua con incrustaciones de besos preciosos, un grial de encuentros y pequeñas muertes horizontales. 
 
Con la venda de la sombra en los ojos, me dejaré llevar allá donde la lluvia es cálida y los cabellos abrazan como algas predispuestas. Minotauro ciego, no sé si estoy con la mujer o con la niña que fuiste. ¿Tiene acaso alguna importancia eso, hoy que ese dios del destino ha perdido sus dados de la suerte en la playa?